Cierta noche encontré a mi sombra haciendo
las maletas. La habían contratado para
rodar una película expresionista, “Las lentes del doctor Caligari”. El proyecto
contaba con el respaldo de la KBB, la famosa productora americana, y
participaban sombras tan prestigiosas con Vela Munso o Aro Virno. Eso me contó
mientras la acompañaba al aeropuerto. Es la oportunidad de mi vida, dijo al
despedirnos en la puerta de embarque.
Al principio, lo agradecí. Ya apenas
coincidíamos. Cuando me levantaba, ella se volvía a echar en la cama o miraba por
la ventana con el gesto ausente. Esta falta de coordinación entre mis
movimientos y los suyos fue en aumento. Me lo advirtió Gensa, mi compañera en
el periódico. He visto a tu sombra en el
Bosco y muy bien acompañada por cierto, me dijo.
Como se acercaba la primavera, acudí a Negro sobre Negro, una agencia que
proporcionaba sustitutos a tiempo parcial. Contraté una hasta septiembre. Se llamaba
Sena Daro. Al principio todo fue bien. Le encantaba mi trabajo, incluso sugería alguna idea para mi columna deportes. Pero deseaba algo más, una
existencia propia. La vida se vive una vez, para qué malgastarla sustituyendo a
otros, me decía a veces, cuando se quedaba a dormir.
Y muchas veces la practicaba por su cuenta.
Por las noches iba al local de Beni, el club de Jazz, y se veía envuelta en
actividades delictivas. Una madrugada me llamaron de comisaría. “Hemos
encontrado a alguien que dice ser su sombra”, era el sargento de guardia. Al
parecer, había robado en la propiedad de los Penso. La agencia pagó la fianza y
quedó en libertad al ser su primer delito. Era una de las sombras más audaces
que había conocido, pero le perdían sus impulsos.
Mi trabajo no era tan excitante como se
pueda imaginar uno. Tejo era un pueblo pequeño. Sus noticias se reducían a aquel
espacio que no dejaba de ser estrecho
para una persona con ambiciones. Si
tuviéramos que medir su sombra, probablemente se quedaría en un reflejo
diminuto, sin grandeza. Muchas veces me preguntaba qué hacía allí. Un
periodista menor en busca de noticias menores. Cuando era un adolescente, mi
sombra dibujó grandes expectativas. A veces, la veía en los bares escribiendo
largos poemas de amor o haciendo fotografías en cualquier calle. Más tarde tuve
otras, una aficionada al cine de serie b; otra, a la vida nocturna, que bebía
sin descanso, y así. Eso fue hasta que estudié periodismo y una nueva vino a ocupar
el sitio de sus predecesoras, la que se
reflejaba en mis noches de estudio. Era
una sombra aplicada, inteligente, nunca me cupo la menor duda, pero ya atada de
pies y manos. Cuando entré a trabajar en la Tribuna, solo pensaba en el plan de
pensiones.
. Cada dos o tres semanas recibía
noticias de Vinsa. El rodaje se desarrollaba según lo previsto,
así que estaría de vuelta a mediados de septiembre. Parecía feliz, deseosa de
verme, aunque ya sabía su idilio con Vela Munso a través de una revista de cine
fantástico. Para entonces, Sena se había
metido en más problemas, hurto, escándalo público y otros delitos menores.
Aquello no podía durar mucho. Un día, el juez Banto la condenó a seis meses de prisión.
Solía visitarla un día a la semana, le
llevaba tabaco, libros. Los autores que más le gustaron fueron Shakespeare y
Dostoievsky, esos libros que hablaban
sobre la ambición y la generosidad, la locura y la pasión, porque nuestra
existencia al fin y al cabo está poblada de sombras y contradicciones. Lo
cierto es que la echaba de menos. Cuando regresaba a casa, recordaba nuestras cenas y esas noches, cuando se quedaba a dormir
y parecíamos uno solo frente a lámpara del dormitorio. Al principio, hablábamos
de la vida en la cárcel, de mis reportajes en el periódico, cada vez más
rutinarios, pero pronto empezamos a llenarlas con besos y deseos, y de su
puesta en libertad, que se fijó para el mismo día que Vinsa regresaba del
rodaje.
Durante algún tiempo me pregunté qué debía
hacer. Llevaba gran parte de mi vida con Vinsa, y aunque sabía que me engañaba
a menudo y no había sido especialmente feliz a su lado, había llevado una
existencia feliz y próspera. Era
probable que no fuese el tipo de vida que imaginé en mi adolescencia, cuando
escribía largos poemas de amor, pero era algo a lo que agarrarse. Eso pensé
mientras me dirigía al aeropuerto y el sol apuntaba en el cielo. Mientras escuchaba las nocticias, imaginé a
Sena Daro recogiendo sus objetos personales en la prisión, pasando los controles
de vigilancia, encaminándose hacia la salida. Cuánto debía pagar por esa
renuncia, me pregunté. Entonces vi el edificio de la terminal dos, proyectando
esa sombra tan diminuta, tan irreal como la de aquel pueblo, como la de mi vida
y las de las sombras que había sido hasta aquel momento. Entonces cambié de
emisora.