jueves, 31 de mayo de 2012

Sombras


     Cierta noche encontré a mi sombra haciendo las  maletas. La habían contratado para rodar una película expresionista, “Las lentes del doctor Caligari”. El proyecto contaba con el respaldo de la KBB, la famosa productora americana, y participaban sombras tan prestigiosas con Vela Munso o Aro Virno. Eso me contó mientras la acompañaba al aeropuerto. Es la oportunidad de mi vida, dijo al despedirnos en la puerta de embarque.
   Al principio, lo agradecí. Ya apenas coincidíamos. Cuando me levantaba, ella se volvía a echar en la cama o miraba por la ventana con el gesto ausente. Esta falta de coordinación entre mis movimientos y los suyos fue en aumento. Me lo advirtió Gensa, mi compañera en el periódico. He visto a tu sombra  en el Bosco y muy bien acompañada por cierto, me dijo.
   Como se acercaba la primavera,  acudí a  Negro sobre Negro, una agencia que proporcionaba sustitutos a tiempo parcial.  Contraté  una hasta septiembre. Se llamaba Sena Daro. Al principio todo fue bien. Le encantaba mi trabajo, incluso  sugería alguna idea para mi columna deportes. Pero deseaba algo más, una existencia propia. La vida se vive una vez, para qué malgastarla sustituyendo a otros, me decía a veces, cuando se quedaba a dormir.
   Y muchas veces la practicaba por su cuenta. Por las noches iba al local de Beni, el club de Jazz, y se veía envuelta en actividades delictivas. Una madrugada me llamaron de comisaría. “Hemos encontrado a alguien que dice ser su sombra”, era el sargento de guardia. Al parecer, había robado en la propiedad de los Penso. La agencia pagó la fianza y quedó en libertad al ser su primer delito. Era una de las sombras más audaces que había conocido, pero le perdían sus impulsos.

         Mi trabajo no era tan excitante como se pueda imaginar uno. Tejo era un pueblo pequeño. Sus noticias se reducían a aquel espacio  que no dejaba de ser estrecho para una persona con ambiciones.  Si tuviéramos que medir su sombra, probablemente se quedaría en un reflejo diminuto, sin grandeza. Muchas veces me preguntaba qué hacía allí. Un periodista menor en busca de noticias menores. Cuando era un adolescente, mi sombra dibujó grandes expectativas. A veces, la veía en los bares escribiendo largos poemas de amor o haciendo fotografías en cualquier calle. Más tarde tuve otras, una aficionada al cine de serie b; otra,  a la vida nocturna, que bebía sin descanso, y así. Eso fue hasta que estudié periodismo y una nueva  vino a ocupar el sitio  de sus predecesoras, la que se reflejaba en mis noches de estudio.  Era una sombra aplicada, inteligente, nunca me cupo la menor duda, pero ya atada de pies y manos. Cuando entré a trabajar en la Tribuna, solo pensaba en el plan de pensiones.

.     Cada dos o tres semanas recibía noticias  de Vinsa.  El rodaje se desarrollaba según lo previsto, así que estaría de vuelta a mediados de septiembre. Parecía feliz, deseosa de verme, aunque ya sabía  su idilio con Vela Munso a través de una revista de cine fantástico.  Para entonces, Sena se había metido en más problemas, hurto, escándalo público y otros delitos menores. Aquello no podía durar mucho. Un día,  el juez Banto la condenó a seis meses de prisión.
   Solía visitarla un día a la semana, le llevaba tabaco, libros. Los autores que más le gustaron fueron Shakespeare y Dostoievsky, esos libros que hablaban  sobre la ambición y la generosidad,  la locura y la pasión, porque nuestra existencia al fin y al cabo está poblada de sombras y contradicciones. Lo cierto es que la echaba de menos. Cuando regresaba a casa, recordaba nuestras cenas y esas noches, cuando se quedaba a dormir y parecíamos uno solo frente a lámpara del dormitorio. Al principio, hablábamos de la vida en la cárcel, de mis reportajes en el periódico, cada vez más rutinarios, pero pronto empezamos a llenarlas con besos y deseos, y de su puesta en libertad, que se fijó para el mismo día que Vinsa regresaba del rodaje.
    Durante algún tiempo me pregunté qué debía hacer. Llevaba gran parte de mi vida con Vinsa, y aunque sabía que me engañaba a menudo y no había sido especialmente feliz a su lado, había llevado una existencia feliz y próspera.  Era probable que no fuese el tipo de vida que imaginé en mi adolescencia, cuando escribía largos poemas de amor, pero era algo a lo que agarrarse. Eso pensé mientras me dirigía al aeropuerto y el sol apuntaba en el cielo.  Mientras escuchaba las nocticias, imaginé a Sena Daro recogiendo sus objetos personales en la prisión, pasando los controles de vigilancia, encaminándose hacia la salida. Cuánto debía pagar por esa renuncia, me pregunté. Entonces vi el edificio de la terminal dos, proyectando esa sombra tan diminuta, tan irreal como la de aquel pueblo, como la de mi vida y las de las sombras que había sido hasta aquel momento. Entonces cambié de emisora. 

jueves, 17 de mayo de 2012

Despertar

   No olvides de tomar un café en cuanto despiertes. Abre la ventana y mira el sol. Puedes fumarte un cigarro y escuchar la radio mientras te afeitas. Hay un buen programa en el canal nueve. Prepara el agua, la toalla caliente, no tengas prisa. Tienes todo el tiempo del mundo. Demórate en las patillas, considera la posibilidad de cambiar de aspecto, el pelo un poco más corto, o tal vez una pequeña barba como esas que salen en los anuncios de la televisión. Cuando lo hayas hecho, vístete despacio, plancha una camisa si es preciso, es muy probable que alguna guarde un perfume lejano. No dejes de impregnarte, déjate llevar, aunque suene el teléfono. Entonces tendrás una mañana diferente a las otras y el tiempo volverá a correr de nuevo.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Vampiros ( y VI)


Normalmente esperábamos entre veinticuatro y treinta y seis horas. Entonces llamaba a Narso y tomábamos una cerveza en el Hueso y la espada antes de montar en la ambulancia.  Para entonces las autoridades habían decretado el estado de alarma y guardias uniformados patrullaban con el objeto de evitar más desmanes. Norbes se había convertido en una ciudad sitiada, pero la información que recibíamos de otras partes no era mucho más optimista. El contagio se había extendido a otras poblaciones cercanas. La figura de Hervia siempre estaba presente, como un gran pájaro negro que extiende sus alas,  así  que los  rumores  sobre su muerte  y su naturaleza sobrenatural se propagaron en seguida.  Algunos decían que un gato saltó por encima de su cadáver antes de ser enterrada, otros afirmaban que se vio reflejada en un espejo  cuando ya estaba muerta. Hubo quienes aseguraron que se dedicaba al estudio de lo oculto, esos libros raros que Benio vendía de pueblo en pueblo,  pero a decir verdad nunca conocí a una persona más generosa e interesada por los otros.  Su trabajo con Tomio había ayudado a remediar muchas  enfermedades.  Narso era de mi opinión. Nadie sabe cuánto está haciendo por nosotros, afirmaba mientras montábamos en la ambulancia y nos dirgíamos a la periferia. A esas horas, las calles estaban vacías. Solo el paso de los vigilantes y el murmullo ocasional de una radio quebraban el silencio de la madrugada.  Un rumor sordo y triste. Hacia la medianoche parábamos en el cementerio.  Buco, el guarda, nos ayudaba a descargar el material, el pico y las palas.  Luego nos aventurábamos con un par de linternas y tras localizar la lápida de un  infectado, empezábamos a cavar. Era una sensación agradable, sentir la tierra y el sudor en mitad de la noche. Como en los viejos tiempos, decía Narso. Entonces recordaba aquella vez que dimos con la tumba de Hervia y desenterramos su cadáver creyendo que tan solo serviría para curar un problema de columna o una pierna infectada. 

domingo, 29 de abril de 2012

Vampiros (V)


Tomio trató de tranqulilizar los ánimos con un artículo en el periódico local.  Estoy seguro que todo tiene una explicación razonable, dijo. Pero como siempre que aseguraba una cosa sucedía la contraria, la situación no tardó en empeorar.  No en vano la inquietud se apoderó del pueblo y el padre Clovet no perdió ocasión de azuzarla desde el púlpito. Cuando llegaba el oficio del domingo se colocaba aquel sombrero que lo hacía parecer un espantapájaros y advertía contra  los males del infierno. Los vampiros mueren con  una estaca en el corazón. Si tu sangre se mezcla con él, serás maldito para siempre, decía, asegúrate de no ser uno de ellos,  que tu vecino esté limpio de corazón, porque siempre están entre nosotros, caminando y perseverando en el mal. Y el cielo y la tierra temblaba.
Las palabras del reverendo no tardaron en traer consecuencias.  Los vecinos se miraron con mayor  desconfianza,  tratando de hallar una huella o un signo inequívoco de la maldición en los otros.  Los rumores sobre la existencia de un sirviente no ayudaron a apaciguar los ánimos. Están entre nosotros, se comentaba en el casino o en las tiendas.  Y en sus ojos se veía un ánimo de venganza. Los trasnochadores, los inapetentes, fueron objeto de murmuraciones, sometidos a una minuciosa vigilancia. Se midieron las sombras o el reflejo en los espejos. Caso especialmente trágico fue el de Orensio, el enano de la tienda de flores que, al tener una sombra mínima, se le confundió con un maldito y acabó con una estaca en el corazón. 

viernes, 27 de abril de 2012

Vampiros (IV)


Lo cierto es que los pacientes recobraron la salud poco a poco. Desaparecieron las marcas en el cuello y la reticencia a la luz del día cedió al júbilo por el despertar y afrontar el reto de cada mañana.  Muchos vecinos contribuyeron a ello. Al caer la tarde los veía frente al consultorio, con sus abrigos de lana, dispuestos a donar hasta la última gota de su sangre. Entre ellos vi a Lorce, el banquero, que al contar los billetes parecía tener doce o catorce dedos, o la viuda Norba, de luto riguroso, con ese gesto que tan pronto estaba en un lado como en el otro. El periódico local no tardó en hacerse eco de la noticia. El virus remite, ya no hay peligro, decían. A causa de ello, las palabras de Fiecher se tomaron como una verdad irrefutable y el tono del padre Clovet se atenuó, aunque no cesase de advertir contra la maldición. Como esa lluvia y persistente que no tarda en calar.
Y la lluvia llegó.   Para entonces la mayoría de los pacientes habían sido dados de alta. Solo quedaban Morlia y el estudiante de herbolario,  que aún precisaban de cuidados médicos. Cierto día, la enfermera del turno de mañana descubrió que sus cuerpos habían desaparecido.  El jefe de seguridad afirmó que no había advertido nada extraño, pero más tarde se encontró una ventana abierta en la fachada del edificio. La posibilidad de que hubieran escapado sin llamar la atención de los vigilantes era improbable, así que la leyenda volvió a cobrar protagonismo. Los rumores sobre Hervia y su naturaleza de no-muerta corrieron de nuevo, y no pocos afirmaron que un sirviente había facilitado su entrada. Todos los vampiros cuentan con uno, aseguró la beata Nunsa, que se ganaba el sustento en los velatorios y en los asilos de ancianos.
Las víctimas se sucedieron en un breve intervalo de tiempo. Normalmente eran antiguos internos del hospital, aún convalecientes.  Todos presentaban los mismos síntomas, solo que las mordeduras eran más violentas e iban acompañadas de contusiones y arañazos. Cuando veía esas marcas me preguntaba cuánto tiempo tardaría en extrenderse la infección. Un mes  o dos, a lo sumo.   Habitualmente atendía a tres o cuatro pacientes por semana.  Iba con Narso, mi compañero en el consultorio. Al llegar a sus casas, veíamos frascos de agua bendita y crucifijos por doquier. El miedo se había propagado de tal modo que algunos afirmaban haber visto a los vampiros en su propia casa. La figura de Morlia se repetía a menudo, una figura fantasmal que vagaba por cuartos y habitaciones en busca de nuevas víctimas. Ella, que nunca había encontrado la paz, ahora estaba dispuesta a arrebatársela a los otros.

Los besos

   Echo de menos tus besos, el sol y el frío de las mañanas, el ruido de los camiones de reparto, los viajes en tren, las estaciones y esas vías que no llevan a ninguna parte, el olor de la prisa y los equipajes, la música que nos hacía volar, los minutos de antes y de después, los aviones químicos, a Mathers y Westcott, el sudor y las duchas de agua caliente,  y el caminar y el hablar sin tregua, el dormir con  la lámpara encendida,   con los sueños rendidos a nuestros pies,  tu culo y tus sombreros, los cigarrillos, las películas, tu aliento a tabaco y a café,  aquellos lugares imaginados entre noches de tormenta, entre presagios y  promesas de amor eterno, tan reales como nuestros sueños, esos lugares a los que acudo ahora, mientras echo de menos tus besos.